La disputa territorial entre Guyana y Venezuela escala y pone en jaque la estabilidad energética regional
El conflicto histórico por el territorio del Esequibo ha alcanzado una temperatura crítica este febrero de 2026, transformándose en el foco de atención de la geopolítica mundial. La noticia es tendencia absoluta debido al despliegue de ejercicios militares y la retórica encendida entre Georgetown y Caracas, en una zona que alberga algunas de las reservas de petróleo y gas más grandes descubiertas en la última década. Este choque de soberanías no solo amenaza la paz en Sudamérica, sino que ha puesto en alerta máxima a las gigantes energéticas internacionales que operan en aguas guyanesas, cuyas inversiones multimillonarias dependen hoy de la estabilidad de una frontera que parece estar al borde de la ruptura.
Lo que resulta impactante para los mercados es el riesgo inminente sobre el suministro global de crudo. La información es tendencia porque cualquier escalada bélica en el Esequibo podría paralizar la producción de Guyana, que se proyectaba como el nuevo «petroestado» con capacidad de equilibrar los precios internacionales. La participación de potencias externas y la presión de organismos internacionales añaden una capa de complejidad que ha disparado la volatilidad en los contratos de energía. Los analistas advierten que el control de estos recursos estratégicos no es solo una cuestión de orgullo nacional, sino una batalla por el control del tablero energético del Atlántico Sur en plena era de transición.
El impacto de esta crisis redefine las alianzas estratégicas en el continente para la segunda mitad de la década, obligando a las naciones vecinas a tomar posiciones en un conflicto que parecía dormido. Para este 2026, el Esequibo se ha convertido en la «zona cero» de la seguridad regional, donde la diplomacia lucha contra el tiempo para evitar un enfrentamiento que desestabilizaría la economía de toda América Latina. El desenlace de esta disputa determinará quién tiene el derecho de explotar las riquezas del subsuelo y, lo más importante, si la región podrá mantener su estatus como una zona de paz y cooperación frente a la ambición por los recursos naturales.


