La gigante minera dispara su producción un 11% y se prepara para un movimiento sísmico en el mercado
Rio Tinto ha iniciado 2026 con un despliegue de fuerza operativa que ha dejado atónita a la industria, reportando un crecimiento anual del 11% en su producción de cobre hasta alcanzar las 883,000 toneladas. Este salto cuantitativo ha sido impulsado principalmente por la mina subterránea Oyu Tolgoi en Mongolia, que registró un incremento interanual del 57%, logrando compensar con creces los desafíos operativos en yacimientos clave como Escondida. Con estos resultados, la compañía no solo supera sus propias previsiones, sino que consolida su transformación estratégica: el cobre ha dejado de ser un complemento para convertirse en el nuevo motor de crecimiento de su portafolio.
Lo que hoy es tendencia absoluta en los parqués de Londres y Nueva York es el «telón de fondo» de estas cifras: el inminente desenlace de las conversaciones con Glencore. Bajo las estrictas reglas de adquisiciones británicas, Rio Tinto tiene hasta el 5 de febrero de 2026 para formalizar una oferta o retirarse de lo que podría ser la fusión más grande de la década. Esta posible combinación de activos crearía un coloso global de metales críticos, justo en un momento donde la demanda de cobre para inteligencia artificial y transición energética ha elevado el valor estratégico del metal a niveles de seguridad industrial.
El impacto de esta noticia radica en la resiliencia técnica de Rio Tinto, que ha logrado reducir sus costes operativos mientras acelera proyectos de alto impacto como Simandou en Guinea y su planta de litio en Argentina. Para finales de este año, la minera proyecta mantener este ritmo de «minería inteligente y simplificada», apuntando a la meta de 1 millón de toneladas de cobre anuales. En un 2026 marcado por la escasez de oferta, Rio Tinto demuestra que la excelencia operativa es la mejor carta de presentación para liderar la consolidación del sector y asegurar el suministro de los materiales que mueven el mundo moderno.

